Corrían apresurados, pisándose unos a otros, agolpados, con los rostros contraídos, las miradas casi perdidas sin centro de gravedad, al frente todos, al frente sin mirar atrás. La confusión, la agresividad contenida mostrándose en algunos movimientos mal coordinados, bruscos. Que no me toquen, que no me hablen, que no me miren.
En las primeras horas de la mañana los depredadores asolan el Serengeti. Es en esos momentos del día cuando la lucha por la supervivencia animal es más latente en las tierras de África.
Eran las 8.30 de la mañana y el autobús iba atestado de gente. Pocas miradas se cruzaban, solo algún sonido casi gutural de molestia por recibir un empujón, por desviarle a uno de los pensamientos en los que anda ensimismado. Se abren las puertas, la boca del metro está cercana…en carrera, esquivándose, empujándose; rápido, rápido, rápido. El rey de la selva les asola, les sume en una desesperación que se oculta en la prosperidad reinante.




